#Ricardo Piglia :: La ciudad ausente

Pensó en el Tano, venía escapando de Rosario, decía que era del ERP, pero ya no existía el ERP y se lo imaginó entrando y saliendo de las clínicas de desintoxicación, perdido en una realidad virtual, refugiado en las pensiones clandestinas y volviendo a caer, eludiendo los controles, viviendo en los subtes. Él era un rebelde y ella era la heroína, la Mata-Hari, un agente doble, la confidente de los desesperados. Tenía que zafar, volver a la calle; vio la pieza del Bajo donde se encontraba con el Tano. Iba a entrar en contacto, él era el único capaz de organizarle la fuga. Pero tenía que olvidar, no podría comprometer los planes. Destruyó el encuentro en el andén de Retiro, los crotos tostando el pan duro en un fueguito, el Tano y ella trepando al tren. Tenía la capacidad de borrar sus pensamientos, como quien se olvida de una palabra que está a punto de decir. No iban a poder hacerle hablar de lo que no sabía. Apareció un oficial de marina y al fondo, en el pasillo, le pareció ver gente con armas.

#Ricardo Piglia :: La ciudad ausente (1992)

Quería leer algo de Piglia y no sabía el qué. Era un autor que me interesaba, pero del que tenía una referencia vaga y, por lo tanto, me acercaba a él como quien tantea en la oscuridad para no golpearse contra el canto de un mueble. En la biblioteca municipal –dejé, salvo caprichos de coleccionista, de comprar libros el día que descubrí que podía conseguir casi cualquier libro a través de la biblioteca de mi pueblo; me declaro culpable– encontré siete candidatos. Estuve leyendo las reseñas y me decidí por esta obra porque en la correspondiente a esta novela corta se afirmaba que constituía un logro estilístico. Una declaración así supone, en mi caso, un atractivo irresistible.
Me gustan las historias. Me apasionan las buenas historias. Los años me han vuelto sibarita incluso en ésto y he acabado por aceptar que una buena historia puede contarse bien o mal. Creo que no existen buenas o malas historias, solo historias bien o mal contadas. Por lo tanto, resulta fácilmente comprensible la importancia que le doy a la manera en que se narra una historia, a la arquitectura dispuesta por el autor para vehicular su narración.
Según un compañero de un taller de escritura al que asisto, todas las historias están ya contadas. Por lo tanto, lo que las diferencia, es decir, lo que nos hace interesarnos por unas en detrimento de otras –aún a sabiendas de que ambos tipos de relatos repetirán hitos ya conocidos y lugares que hemos visitado– sería la estructura narrativa de cada una de ellas. Comparto esta opinión, aunque no al cien por ciento. Porque existe un integrante fundamental de toda historia cuya complejidad es imposible de agotar: los personajes. Pongo un ejemplo: ¿qué diferencia a las historias de amor que nos cuentan la obra que Shakespeare encarnó en Romeo y Julieta y el musical «West side story»? Se trata de la misma historia, contada utilizando configuraciones distintas y, sobre todo, contada a través de personajes distintos.
Vuelvo a la obra de Ricardo Piglia. Y, en efecto, la estructura tiene un peso notable en ella, un peso determinante. En la reseña que antes he mencionado se aclaraba, asimismo, que se trataba de un libro político. Entonces, es posible que en este caso, aparte de ser el ropaje que el autor ha elegido para su relato, la forma persiga enmascarar el mensaje o, cuando menos, darle una apariencia narrativa. Pero –hace poco asistí, por motivos laborales, que no profesionales, a un curso donde nos enseñaron técnicas asertivas y chuminadas por el estilo, e insistieron en que la conjunción «pero» invalidaba todo lo que hubiéramos dicho hasta ese momento; ya digo, chuminadas– yo he echado en falta al personaje o personajes. Uno de ellos, tal vez el principal, tal vez el único, tal vez el único realmente importante, es una máquina. Ergo, desde un punto de vista formal, una máquina debe ser un personaje, por enunciarlo de alguna manera, ausente.

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