El guacamayo rojo

    Mi nombre es Casiano Ángel Rus Jiménez. Casiano por mi abuelo paterno y Ángel por el materno. De haber nacido mujer me hubiera llamado Onésima Mercedes Rus Jiménez. Onésima por la rama de mi padre y Mercedes por la de mamá. Puestos de acuerdo en tener descendencia y convenido que, fuera del género que fuera, calzaría los nombres de mis mayores, las diferencias entre mis progenitores se centraron en cuál de los dos linajes iría primero en el catálogo. La contienda se prolongó durante todo el embarazo y mi padre creyó ganarla porque fue él quien acudió al Registro Civil, pero para mamá fui siempre, y ya en el momento en el que la comadrona me puso en sus brazos, Angelito, desde la primera vez que recuerdo haber percibido que me interpelaba hasta las últimas y ahogadas palabras que trató de dirigirme desde su lecho de muerte en el box número tres del servicio de urgencias hospitalarias de Basurto, su dulce Angelito, cuando aún no le llegaba a la altura de las rodillas y cuando mi padre tuvo que ingeniárselas para meter una cama de dos metros y diez centímetros de largo en mi habitación, su dulce y amantísimo Angelito, pero no su dulce y amantísimo Casianito.

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    En realidad, nadie me ha llamado nunca por mi nombre oficial o por cualquiera de sus fracciones. En la escuela era Rus Jiménez. En boca de mis amigos he sido Casi, Casian, Kas o Largo, según el instinto lírico de los integrantes de la cuadrilla o el tipo de música que oíamos en la edad de autos. Mi jefe muestra predilección por la expresión, pronunciada con una deliberada entonación neutra, señor Rus, aunque hay días en los que prescinde de la voz «señor» o, incluso, en los que, mostrando una economía de medios fuera de lo común, omite el nombre y se vale de un manotazo en la mesa para llamar mi atención.
    Mari Puri me llamaba Casiño. Era de Betanzos. Nos conocimos mientras cumplía el servicio militar en una base naval de El Ferrol. Ella me confesó que sentía debilidad por dos tipos de hombres: los altos y los morenos de pelo rizado. Yo reunía ambas condiciones, así que me relajé y pude concentrarme en el juego de luces y sombras que producían las luces de neón de la discoteca al escurrirse por su canalillo. Fuimos felices durante dos años, tal vez tres. Nada más casarnos aprobé una pequeña oposición en un ayuntamiento de menos de cinco mil habitantes. El puesto era insignificante, la carga de trabajo, testimonial, la responsabilidad, nula y el sueldo, exiguo. Aún así, el puestito tenía un horario excelente: salía de casa a las siete de la mañana y volvía a las tres y media. Así que teníamos toda la tarde y gran parte de la noche para hacer niños. Ensamblamos tres en treinta y nueve meses. Íbamos camino de entrar en el libro Guinness. Sin embargo, Mari Puri pareció cansarse de tanto roce y empezó a rehuirme. Dijo que los niños la dejaban agotada, argumentó que una familia de cinco miembros necesitaba diversificar sus fuentes de ingresos y se empecinó en buscar un empleo. Duramos algunos años más, mientras ella trabajaba media jornada de reponedora en una gran superficie, le salían unas horas limpiando portales o la contrataban para cambiar los pañales y limpiarle los mocos a algún fósil que gastaba pendientes de perlita. Hasta veinticuatro años más, algunos de los cuales, los quince o veinte últimos, más o menos, fueron cualquier cosa menos plácidos porque yo añoraba aquellas tardes para siempre perdidas y ella, por el contrario, aquellas mañanas de las que, muy al principio, disfrutó.
    Una noche ella no compareció en casa. Entonces me enteré, sin solución de continuidad, de que llevaba años jugando en secreto a la Bonoloto, que no me aguantaba más –delante de la jueza sollozó y recurrió a la expresión «hastiada de este fulano»–, que yo solo le inspiraba asco, lástima y tristeza –asco como pareja, lástima como amante y tristeza, grosso modo, como persona, explicitó señalándome con el dedo– y que consentía en mantener relaciones carnales conmigo –en este punto bajó la vista y cruzó los brazos delante del pecho– por temor a mi reacción frente a una posible negativa.
    Los tres chavales se fueron con ella. Fue una desbandada general. Solo quedó el guacamayo rojo que compramos en la Riviera Maya durante nuestro viaje de bodas. Mari Puri perseveró durante meses hasta que consiguió enseñarle a decir «Toma moreno», aunque nunca fue capaz de pulir la pronunciación del animal que entonaba la única «r» del sintagama como si, en lugar de nacido en las costas del Caribe, hubiera visto la luz en un burgo de la Baja Renania. Cada vez que alguien entraba al balcón –en puridad, cada vez que yo me aproximaba al balcón, ya entrara o simplemente pasara delante de la puerta en dirección a la cocina, el baño o el dormitorio–, el bicho del demonio berreaba a voz en cuello su cantinela y las dos palabras se hundían en mi pecho como si estuvieran forjadas en el más aguzado acero. Llegué a pensar que el germen de mi fracaso matrimonial ya estaba en aquellas interminables jornadas de adiestramiento, durante las cuales Mari Puri grabó en la mente del loro un mensaje póstumo para cuando llegara un final que ella, de alguna manera que yo no era capaz de comprender por más vueltas que le dara, ya había previsto. Comencé a beber: botellines de cerveza, tetrabriks de Don Simón, garrafas de dos litros de aguardiente para hacer pacharán. Y menudearon mis idas y venidas al baño. Y el pajarraco redobló su proclama. La situación se volvió insostenible. Fui a la cocina, cogí el cuchillo de veinte pulgadas de hoja y salté al balcón dispuesto a silenciar al maldito bicho. Sin embargo, resbalé con una botella tirada por el suelo, tropecé y acabé por perder el equilibrio al pisar una garrafa vacía, cayendo de costado sobre la barandilla, de tal suerte que el peso de mi cabeza tiró del resto de mi ser y me precipité balcón abajo mientras oía, como en un eco lejano, el chillido atiplado del guacamayo seguido de lo que me pareció una risotada, un risotada… humana.

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    Esa carcajada –o lo que fuera– me sobresalta en mi cama del hospital y me despierta por las noches. El traumatólogo insiste en que entra dentro de la normalidad que mi cerebro muestre cierta confusión. Y repite que es un milagro que siga con vida y que debo tener paciencia porque mi recuperación va a ser larga, lenta y dolorosa. Estoy preparado, le respondo, invariablemente. Larga, lenta y dolorosa, recalca el doctor y me viene a la cabeza la imagen del guacamayo rojo esperando que alguien le rellene el dosificador de comida. Confío, no tengo más esperanza, en que algún alma caritativa se apiade del pobre animal y lo cuide hasta que me restablezca y pueda ocuparme de él.

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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