#Gay Talese :: El silencio del héroe

En aquel soleado día de septiembre, en el estadio, el día de la fiesta de Mickey Mantle, DiMaggio no llevaba el número 5 a la espalda, ni una gorra negra que cubriera su pelo gris; vestía un traje negro, camisa blanca y corbata azul, y permanecía de pie en una esquina del banquillo de los Yankees, a la espera de que lo presentara Red Barber, que se encontraba cerca de la base meta, detrás de un micrófono plateado. En el jardín, los Royal Canadians de Guy Lombardo interpretaban una música relajante, suave; y moviéndose lentamente sobre el césped verde, entre la zona donde se colocaban los lanzadores reservas y el cuadro, había dos carros empujados por utilleros que contenían docenas y docenas de enormes regalos para Mantle: un salami kosher Hebrew National de 1,80 y 50 kilos de peso, un rifle Winchester, abrigos de visón para la señora Mantle, un juego de palos de golf Wilson, un motor fuera borda Mercury de 95 caballos, una máquina de coser portátil Necchi, suministros de Chunky Candy para un año. DiMaggio fumó un cigarrillo pero ahuecó las manos, como si no quisiera que lo pillasen los chavales que había lo bastante cerca como para verlo dentro del banquillo. A continuación, desplazándose un poco hacia delante, DiMaggio levantó la cabeza y miró hacia arriba. No pudo ver nada más que las abarrotadas tribunas de color verde que parecían moverse y tener más de un kilómetro de alto, no pudo ver nubes ni el cielo azul, sólo un cielo de caras. Entonces el locutor pronunció su nombre –¡Joe DiMaggio!– y de repente se oyeron unos atronadores vítores que fueron sonando cada vez más alto, resonando dentro del gran cañón de acero, y DiMaggio pisó su cigarrillo, salió del banquillo y apareció en la mullida hierba verde, el ruido retumbando en sus oídos; casi podía sentir la brisa, el aliento de cincuenta mil gargantas sobre él, cien mil ojos atentos a cada uno de sus movimientos, y durante un brevísimo instante, mientras seguía caminando, cerró los párpados.

#Gay Talese :: El silencio del héroe (1966)

Este autor era un completo desconocido para mí. Me animé a leer la recopilación de crónicas periodísticas de la cual he entresacado el fragmento arriba reproducido porque leí una crítica en un periódico y me pareció que podría ser un escritor interesante. Se afirmaba en ese artículo de opinión que Talese era el inventor del periodismo moderno. Tamaña declaración escapa, obviamente, de mis capacidades y conocimientos. Por lo tanto, no fue este extremo el que me disuadió para conocerlo.
La clave estuvo en la argumentación que el editorialista esgrimió para justificar su aseveración. Explicaba que las crónicas de Talese, más allá de historiar hechos deportivos, se habían centrado en la historia de los personajes que los protagonizaban. Además, resaltaba que Talese había sabido acercarse a estos deportistas en un momento diferente al de su gloria o, de una manera más directa, había escogido personajes que podrían calificarse como outsiders –en nuestro precioso e ilustre idioma no tenemos una palabra que se ajuste tanto a lo que yo quiero expresar como el vocablo anglosajón, tal vez, solo tal vez, marginales–. ¡Eureka!
Bien. Os invito a releer el párrafo que he seleccionado para encabezar esta entrada. Sobra cualquier otra consideración.

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