#Don DeLillo :: El hombre del salto

Corría por la mañana temprano y volvía a casa y se desnudaba y se duchaba. Dios iba a consumirla. Dios iba a descrearla y ella era demasiado pequeña y mansa como para ofrecer resistencia. Por eso estaba resistiéndose ahora. Porque piénsalo. Porque una vez que te crees una cosa así, una cosa como Dios, ¿cómo podemos escapar, cómo podemos sobrevivir a su poder, que es y ha sido y será?

#Don DeLillo :: El hombre del salto (2007)

Mi pequeña flor de loto nació el once de septiembre de dos mil uno, unas pocas horas antes de que unos chalados estamparán un par de Boeing contra el Wall Trade Center, en Nueva York, prestándole a los Estados Unidos de América la coartada perfecta para poder llevar hasta el último rincón del planeta su viejo afán por controlar a las personas y a las ideas. Seguramente por cualquier otra razón y no por esto que he podido insinuar, por una razón que tiene que ver con mi visión del mundo –¿en esto consiste la ideología?, pregunto–, o con los prejuicios que he ido atesorando en mi medio siglo de vida –¿para qué sirve, pues, la experiencia si no nos hace capaces de discriminar lo que podemos inducir y los que nos han persuadido a creer?, lamento–, o con las derrotas que creo haber sido capaz de digerir –si estamos de acuerdo en que aprendemos más en la derrota que en el éxito, ¿por qué la palabra perdedor tiene connotaciones negativas?, ¿por qué enseñamos a nuestros hijos a sobresalir, a correr más rápido, a salirse siempre con la suya, a no dar su brazo a torcer hasta alcanzar la meta?, me sorprendo–, no porque ese día nació mi hija, lo cierto es que siempre he visto los sucesos del 11S como si no fueran reales. He llegado a creer, por expresarlo de alguna manera, que son fragmentos de sueños que, de tanto rememorar, he acabado por incorporar a los recuerdos de los sucesos que realmente viví.
La cuestión es que, más allá del cumpleaños de mi hija, nunca he mostrado interés por esa fecha, ni por las consecuencias que de ella se derivaron. En consecuencia, no han despertado mi curiosidad las películas, novelas y otras manifestaciones inspiradas en los sucesos de aquella –¿habría yo de calificarla de infausta?– jornada. En consecuencia, mientras repasaba la reseña de esta obra, centrada en las huellas que los atentados del 11S dejan en un reducido grupo de personas, no pude reprimir un mohín de ironía.
En efecto, he leído la novela y mi relación con tal señalada fecha no ha variado. Este libro no ha conseguido despertar mi curiosidad, mi compasión, mi complicidad. Tampoco ha estimulado mi morbo, aunque puedo afirmar que esta no parece, ni de lejos, la intención de DeLillo. Por el contrario, lo que sí ha cambiado es mi relación con este autor. Antes me sonaba su nombre, y punto. Ahora sé que leeré más obras suyas porque quiero aprender de él.
Me han interesado dos aspectos. Por una parte, su mirada. Podría haber buscado la comodidad de un bando, haber elegido provocación o aceptación, el mal o el bien, ellos o nosotros. Ya desde el mismo título, El hombre del salto, avisa que esta será la historia de las víctimas. En mi opinión, es, además, la historia de todas las víctimas.
En segundo lugar, me ha gustado la estructura del libro, la manera en que se despliega la trama. No he leído más libros de este autor y, por lo tanto, no sé si la fragmentación del relato y los cambios de narrador –las dos características que han llamado más poderosamente mi atención– son habituales en DeLillo o son herramientas que ha decidido utilizar en esta obra. En todo caso, dudo mucho de que se trate de meros recursos estilísticos. Pienso más bien que el escritor recurre a ellas porque engranan perfectamente con la naturaleza del proceso mental que sufren los personajes. Esto demuestra que DeLillo, cuando menos, sabe lo que se trae entre manos. Es una buena razón para seguir conociéndolo.

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