Bajo el signo del uno

      Es que nací un uno de noviembre. Mi madre en ciernes se había acercado al hospital para visitar a una tía que había sufrido una apoplejía. Subió en el ascensor hasta la primera planta y se orientó para buscar la sección donde estaba hospitalizada su pariente. Avanzó por los pasillos con cierta aprensión porque no podía evitar pensar que en poco menos de veinte días, plazo que le restaba para salir de cuentas, ella misma ocuparía una de las camas que columbraba tras las puertas entornadas. Al pasar delante de los quirófanos sintió una punzada en el bajo vientre que la obligó a apoyarse contra la pared. Apretó los labios, bajó su mano hasta el muslo derecho y sintió humedad chorreándole pierna abajo. Una enfermera que pasaba por allí apenas tuvo tiempo de empujarla dentro de la sala número uno y de sacarle las bragas antes de que yo asomara la cabeza y diera por finalizada la cocción. El reloj de la sala marcaba la una en punto de la tarde.

      Efectivamente, demasiados unos. No se puede nacer así y no quedar determinado, de alguna manera, de una manera, en cualquier caso, definitiva, decía, no se puede venir a este mundo en un contexto con tantos unos sin sufrir algún tipo de impronta.

      En aquellos años, la televisión era coto de un par de canales, el domingo era el único día consagrado al fútbol y a los hogares aún no había llegado la calefacción central, al contrario, en muchas casas el único foco de calor era el cuerpo de la persona, o personas, con la que compartías el lecho. Todo sumaba, pues, para que las personas en-edad-de follaran más, con más ahínco, acaso con menos arte que hoy en día, no en vano hoy tenemos mucha información, incluso más información de la que, en puridad, necesitaríamos, y sin glamour, en un remolino de pelos y vello por doquier, con chorretones de sudor desbocándose sobre espaldas que subían y bajaban como fuelles en una fragua. El caso es que eran unos años exuberantes y los parques, las tiendas de ultramarinos, el consultorio médico, la panadería de la esquina, cualquier banco a la sombra de un plátano falso, el mundo entero parecía lleno de mujeres con barriga y senos turgentes: aquel otoño, mi barrio vio aumentar su población en una treintena de niños y niñas: mi cuadrilla.

      Y retomo el hilo. ¿Quién fue el primer infante en decir su primera palabrita?, ¿quién, en alzarse sobre sus apéndices inferiores?, ¿quién metía más goles, cogía más cerezas en primavera, más higos y moras en otoño, más cangrejos los días de playa? Aquí un servidor tenía las mejores notas de toda la escuela, pegaba los saltos más airosos y temerarios en el plinto, destacaba en la academia de dibujo. Yo era, como bien hubiera resumido el inefable Ce Jota Cela, una puta máquina. ¡Coño!, es que había nacido bajo el signo del uno.

      Como no podía ser de otro modo, la adolescencia dislocó mi visión del mundo, la conciencia del papel para el que estaba reservado. Ser el primero, esa meta ineludible a la que se encaminó mi infancia entera con el mismo ardor con el que una bomba de racimo arrasa un poblado de chozas en lo más remoto de la selva, perdió todo su sentido. Ser el número uno, ¿cabe mayor majadería? Yo debía ser único. Como la Coca Cola. Como su majestad Jota Ce I de Borbón. Como Dios. Y punto pelota.

      En aquella época de luces lánguidas y sombras abrumadoras, lo difícil era trasladar esa, llamémosle, mitología al terreno de la lógica. Dicho en plata, el problema consistía en convertir mi intuición en una certeza universal. En tercero del bachillerato la asignatura de filosofía me descubrió que ese dilema condensaba la historia del pensamiento racional de nuestra especie; así como algunos sistemas ideados por los más despabilados de entre nosotros para hacerle un quite, precisamente, al jodido dilema. De todos ellos, me llamaron la atención los silogismos.

Yo afirmo ser único.
Dios afirma ser único (Sus discípulos afirman que El, históricamente esquivo a los pronunciamientos públicos, es único).
Por ende, uno de los dos realiza una publicidad engañosa.

      Con un nacimiento como el mío, no cabía duda de quién de los dos mentía: a la porra, Dios, ¡a la porra, con El, todo lo demás! Ya era único.

      Tres líneas en un papel y me había encaramado a la tapia que confinaba el paraíso terrenal de nuestra infancia, y ante mis ojos, desmesurado, colosal y amenazante, sin más límite que el inabarcable firmamento azul, se extendía el desierto. Quiero recordar que dudé, quiero decir, durante un instante mi cuerpo quedó como suspendido en el aire y el tiempo se detuvo y las dunas seguían allí, ni más lejos ni más cerca, y se hizo el silencio, un silencio en el que retumbaban los latidos de mi corazón. Entonces, tomé impulso y salté a la arena y corrí bajo el sol ardiente, con el viento regresando a mis sentidos, solo por siempre, sin muros que me cerraran el paso.

      Luego sobreviví a la juventud. Puede sonar triste, me importa un pepino, o negativo, me la trae al pairo, o deprimente, ¿debería hacérmelo mirar?, seguro que un psicoanalista, incluso uno mediocre, encuentra material más que suficiente para diagnosticar que arrastro un número ene, alto, en todo caso, de traumas infantiles, reincido, preocupado, preocupadísimo me quedo, pero es que fue así: un largo camino sin rumbo, un espacio sin cuadrantes, a veces siluetas borrosas describiendo hipérbolas, alguna estrella fugaz en la noche, jornadas y jornadas con la única referencia de la huidiza línea donde cielo y tierra se estampaban.

      Hasta que una mañana me da por pensar que todo fue una casualidad. Tuvo que ser una casualidad. Y llego a la conclusión de que nací así porque no podía haber nacido de otra manera: porque en aquel hospital donde mi madre me parió no habría, seguro, más que un quirófano: porque vaya usted a saber cuánto tiempo llevaba aquel reloj del demonio estropeado y detenido en la una: porque, bien mirado, una posibilidad de trescientas sesenta y cinco, es decir, nacer el uno de noviembre, tampoco es tan pequeña, por ejemplo, es mucho, mucho mayor que la probabilidad de ganar en la lotería, esa que siempre toca. Acababa de alcanzar el puerto seguro de la madurez.

      Los pormenores de mi llegada al mundo se han convertido en una anécdota que, como puede apreciarse, relato gustoso. Ya no me interesan sus posibles implicaciones, el vaticinio que llegué a pensar que encerraba. Todo eso quedó atrás. No aspiro a ser el primero, mucho menos a ser único; ahora, definitivamente, mi vida es conducida por, y hacia, faros reales y tangibles: el clásico Madriz-Barsa, las peripecias de eFe Alonso y su monoplaza, los puntos de la Travel Card, el IBEX 35 jugándose el tipo en el filo de la navaja, las ofertas de vuelos baratos, el topless de Kate Middleton, la función continua en que se empecinan los grandes prohombres de esta gran nación… Soy feliz. Aquí se está la mar de bien.

#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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