Archivo de la etiqueta: Literatura

#George V. Higgins  ::  La rata en llamas

–Vamos, ¿estás sordo o qué? Joder, Jimma, ¿quieres la puta pasta o no?
–Esos críos nos han visto –dijo Dannaher sin moverse del asiento.
–Claro. Y por eso se han largado corriendo. Se han cagado de miedo al vernos.
–Podrían haber cogido el número de la matrícula.
–Podrían –dijo Proctor–. Oye, Jimma, te haré una pregunta: ¿alguna vez te levantas de madrugada para echar una meada?
–Pues claro. Lo único bueno del trullo es que tienes el váter ahí mismo. Claro que había un tipo con quien compartía celda que por mucho que meases por un lado de la taza se despertaba, fingía que seguía dormido y te agarraba la polla cuando aún estabas meando. Pero sí, me acuerdo.
–Bien, vale. Cuando vas a mear, tienes eso en la cabeza, ¿no? Eso y nada más.
–Sí.
–Pues lo mismo pasa con esos críos. Tienen en la cabeza colarse por alguna ventana y mangarle a alguien la tele en color que venderán por treinta pavos con los que pillarse algo de droga. Y cuando ven una furgoneta que dobla la esquina, se piran porque creen que podremos reconocerlos. ¿Te has fijado en sus caras?
–No.
–Pues claro que no, joder. Si los hubieses mirado, a lo mejor podrías identificarlos en una rueda de reconocimiento y eso no les interesa. Por eso se han largado. ¿Tienes ojos en la nuca?
–Eres gilipollas.
–Yo, tampoco. Por eso mismo no creo que los dos críos que se han largado corriendo por el callejón tengan la matrícula de la furgoneta. ¿Ahora saldrás y me ayudarás a llevar las cosas de una vez o volverás a quedarte ahí sentado con la puta regla?
–Leo –dijo Dannaher.
–Leo nada. Ya hemos pasado por esto. Vas a salir de la puta camioneta, me ayudarás, haremos lo que hemos venido a hacer y luego nos largaremos. Si no, no verás el dinero.

#George V. Higgins :: La rata en llamas (1981)

 

George V. Higgins. Puedes leerlo o puedes no hacerlo. Cualquier otra cosa que diga, sobra.
Mi consejo: léelo. Igual no te gusta la experiencia, pero habrás descubierto algunos de los mejores diálogos que leerás nunca. Es el puto amo –un maestro, quiero decir–.

Etiquetado , , ,

#Justin Torres :: Nosotros los animales

Papá nos lanzó una fulminante mirada de advertencia.
–Mañana mismo devuelvo esta camioneta –afirmó, apartando a mamá un poco para poder mirarla a los ojos–. Compro un puto monovolumen si quieres, mami. Te compro un coche de señoronas, ¿es eso lo que quieres, ser una señorona?
Todos rompimos a reír. Incluso mamá sonrió.
–Pero esta noche tenemos una camioneta, así que nos vamos a dar una vuelta en ella, ¿qué les parece? –preguntó–. Será un paseo inolvidable, y en el futuro siempre podremos hablar de aquella vez que tuvimos una camioneta por un día.
Mamá no dijo inmediatamente que sí, pero después de cenar subió al dormitorio y bajó luciendo su vestido rojo y aretes de oro, y mis hermanos y yo sacamos las escopetas de plástico del garaje y saltamos a la parte de atrás de la camioneta. No teníamos ningún sitio en particular al que ir, de modo que dimos un paseo, surcando la noche, suave como la seda. Atravesamos el barrio, salimos de él, enfilamos por carreteras secundarias, discurrimos junto a campos de maíz, mamá en el asiento delantero, arrimada a papá, con la cabeza sobre su hombro, la melena ondeando al viento en torno a ambos, y nosotros tres dando botes detrás, apuntando con nuestras escopetas a las estrellas del firmamento y derribándolas a tiros, una tras otra.

#Justin Torres :: Nosotros los animales (2011)

Un barrio humilde. Tres hermanos varones que se crían en la calle. Un padre capaz de la violencia más inquietante y de los arrebatos de ternura más imprevisibles. Una madre fuerte y sensible, cansada de enfrentarse a los momentos de ira del marido. Demasiadas coincidencias con mi propia niñez como para ser objetivo. Así que seré breve, ya que no puedo ser imparcial.
Me he emocionado leyendo este libro. No me pasaba hace tanto tiempo.
Es un libro hermoso. Me parece imposible leerlo sin sentir una sacudida.
Es un libro bien planteado. Un niño nos muestra la vida tal como él la percibe. Y la suya es –como no podía ser de otra manera– una visión en la que resulta imposible separar la ternura y la brutalidad, los instintos primarios y la curiosidad por el mundo que se abre ante sus ojos perplejos.
El libro está bien escrito. Tiene un inicio redondo, estimulado por el cual me lancé a leerlo –no tenía, y sigo sin tener, ninguna referencia del autor. Confieso que escogí este libro porque me llamó la atención su encuadernación–.
Me ha defraudado el final. En mi opinión, desmerece un poco en relación al resto de la novela. Da la impresión de que, en un momento dado, el escritor da por agotados el tiempo y la energía que había pensado invertir en este proyecto. Y remata la historia con una escena alegórica que representa el final del niño y el nacimiento del joven.
No me ha gustado esta alegoría final porque el libro está hecho con agua y arcilla, sangre y sol. Es un libro hermoso.

Etiquetado , , ,

#Rafael Bernal :: El complot mongol

— Y últimamente, poco antes de morir, ¿se sabe en qué trabajaba Manrique?
— Tenía más dinero que de costumbre y se veía mucho con dos nuevos amigos.
— ¿Quiénes?
— A uno le dicen el Sapo. Es de su mismo estado y también trabajó allá en la policía. El otro, según dicen, es un gringo recién importado que vive en un hotel en la calle de Mina. Y, por cierto, al parecer se ha soltado una ola de crímenes. Anoche encontraron a cuatro hombres y una mujer en un cuarto de la calle de Guerrero.
— Sí.
— La deben haber matado poco después de que la dejamos.
— La dejé con usted, Licenciado.
El Licenciado tomó un sorbo de tequila, luego sonrió.
— Aunque los dos vivimos del crimen, Capi, en mi profesión hemos llegado al convencimiento de que matar a los posibles clientes no es tan solo poco ético, sino muy mal negocio. En cambio, Capi, en donde usted la gira, aún no han logrado llegar a esa conclusión.
— Se está mandando, Licenciado.
La voz de García no sonó dura, sino cansada. El Licenciado sonrió nuevamente.
— No se enoje, Capi. Era una broma. Salud.
— Salud…

#Rafael Bernal :: El complot mongol (1969)

Me gusta mucho –mucho– la literatura negra. Es un hecho: la literatura negra está en auge, hasta el punto de que hoy en día la consumen una buena cantidad de lectores que siempre la habían considerado un género menor. Supongo que es debido a tres de sus características diferenciales: es divertida, es sencilla, parece real.
En los tiempos que corren, si algo no entretiene, está condenado a la marginalidad. No es que me preocupe mucho en qué coordenadas me encuentro. Quiero decir, no entra dentro de mis afanes la necesidad de ocupar el centro del mundo, tampoco ser un tipo popular en mi trabajo o entre los vecinos. Por lo tanto, esta es la parte que menos me interesa de la novela negra.
En estos tiempos modernos donde la comodidad es una meta y la inmediatez es ley, no existe alternativa a la sencillez. Pero, en fin, he llegado a una edad en la que puedo mantener un cierto criterio personal sin sentir –en exceso– la presión social. Así que también puedo darle poca importancia a esta otra cualidad.
En este mundo virtual saturado de ilusiones a manera de redes sociales y web X.0 –perdón por esta personal contribución a la confusión–, la literatura negra se nos figura como una ventana desde la que podemos observar –libres de pecado, a salvo de la lluvia y el granizo– la realidad que persevera bajo todo ese juego de espejos. Esta ha sido, tal vez, la característica diferencial de este tipo de literatura y, acaso gracias a una de esas conjunciones astrales que se producen muy de cuando en cuando, la literatura negra mantiene esta condición. Por eliminación, esta es la parte que me atrae a este tipo de literatura.
Y, bueno, en El complot mongol no encontrarás asesinatos macabros, una trama sofisticada o unos personajes fascinantes. No están ahí porque son inventos modernos de los editores para fidelizar a la audiencia. Esta obra tiene unos años, es de aquella época en que la gente mantenía la capacidad de asombrarse ante lo cotidiano. Por contrario, se ajusta al canon clásico como un tapón a la botella de un buen vino. Es –no solo lo parece, lo es– real. Las otras dos características que mencionaba antes, la sencillez y la diversión, se originan a partir de esa cualidad. Es el orden correcto para hacer una buena historia.

el_complot_mongol

Etiquetado , , ,